Dominga ✞

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Todos los animalitos tienen un destino, pensar así es lo que a veces nos ayuda a soportar el dolor de la pérdida de nuestros hijos perros.

La ayuda que les brindamos, a veces poca, a veces mucha, es siempre arrancada con amor y con mucha fe; fe en estar haciendo lo correcto por ellos, fe en tener los recursos para ayudarlos, fe en lograr compensarles el sufrimiento y dolor que han vivido.

Para mí, el caso de Dominga fue uno de estos casos en que las estadísticas iban en nuestra contra. Una tarde de domingo – de ahí su nombre – la vi caminar por una calle solitaria en San Angel, con los huesos pegados a la piel y unos tumores enormes como toronjas en su pecho y panza, ese fue el día que tuve la oportunidad de ser parte de la ayuda que se le mandaba a esta perra pastora alemán de 10 años para no morir agonizante en la calle.

Con dificultad la subí al coche ya que tenia desconfianza de mis intenciones, la lleve al veterinario donde le hicieron todos los análisis posibles para ver la manera de ayudarla. El diagnóstico, descalcificación y tumores en las mamas, el consejo, dormirla para evitarle más sufrimiento. Esos son los momentos en que te preguntas: por qué uno debe decidir la muerte como solución para uno de los seres que más amamos en la vida?

Casi segura de lo que tenía que hacer, la llevé con mi veterinaria para hacer lo correcto y para nuestra fortuna había mucha gente esperando; mientras sentada, me angustiaba por la decisión que había tomado, cuando Dominga, quien después de haber pasado una noche en el hospital veterinario, había devorado, estaba más activa y sociable, puso sus 2 patas encima de mis piernas y me lanzó una mirada de ternura que hasta hoy sigo recordando. Fue entonces que supe que tendríamos que luchar solas y juntas lo que viniera.

La buena estrella de Dominga se dejo ver casi inmediatamente, recuperó fuerzas y sin contar con el dinero para su operación, se programó un par de semanas después para que ganara peso y fuerzas. A pesar que la cirugía le ocasionó una herida a todo lo largo de su enorme torso, al día siguiente nos asombraba la energía y fortaleza que tenía, a sus 10 años, corría como si no hubiera pasado nada.

La gente se empezó a interesar por ella y llegó el primer donativo que me ayudó a pagar su operación y algunos otros gastos veterinarios; se recuperó magnificamente y ahora era una perra segura de sí misma y de una apariencia sana y hermosa.

Vivió muy feliz 7 meses en un hogar donde le dieron cuidados y amor, donde recibía sus baños de sol por las mañanas y por las noches una cama cálida y acogedora, hasta que el domingo pasado cumplía su destino en este mundo y dormida nos dejó.

A mi en lo personal me dejó la tristeza de haberla perdido tan pronto, pero la alegría de haber ayudado a hacer su vida mejor junto con otras personas que se unieron a su causa, curándola, pagando sus gastos, dándole un hogar y pensando en ella.

Siempre estará en mi mente Dominga, como mi perra, como mi inspiración, como un ángel que algun día encontraré en otro lugar, junto a todos mis animalitos que se me han ido y me han dejado un vacío irremplazable.

Adiós Dominga y gracias por haberte cruzado en mi camino.

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