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LA
HISTORIA DE BLANQUITA por Teresa Vázquez
Me dirigía
a trabajar y como nací con un radar detector de perros, alcance
a ver a un gran San Bernardo dormido arriba de un indigente.
La escena era realmente enternecedora porque la persona en cuestión,
le hizo un lugar en su improvisada cama al perro que estaba más
grande que él. Tenía encogidas totalmente las piernas, para
que al animalito le tocara una parte de los cartones y sucia cobija que
los cubría.
Seguí mi camino, pero toda la mañana estuve muy nerviosa
pensando en el San Bernardo, que después descubrí que era
niña y estaba en celo.
Horas más tarde regresé al lugar acompañada de mi
padre, quien siempre esta más que dispuesto a rescatar a un animalito
necesitado. Al acercarnos al lugar vi a la perrita sentada en el pequeño
camellón que divide ambos sentidos del transitado eje vial. Entré
en pánico.
Siempre que me topo con un perro en peligro me pongo muy nerviosa, es
algo que no puedo controlar por más esfuerzo mental que hago.
Como la perra esta muy bonita, pensé que tal vez su improvisado
dueño no iba a querer dármela, así que rápidamente
sacamos dinero para ofrecérselo a cambio de ella y cuál
va siendo nuestra sorpresa que no fue necesario el soborno.
Ya que nos bajamos nos topamos con un par de singulares personajes con
la mejor disposición de ayudar a que BLANQUITA
(así la bautice en mi mente) tuviera una mejor vida que la que
le podía esperar en un crucero peligroso al lado de dos limpiaparabrisas.
Lejos de impedir que nos la lleváramos, dieron lo mejor de sí
para subirla a la Pick Up, uno de ellos saco de su vieja maleta una venda
que parecía que había ido a la guerra y con ella le confecciono
un peto muy bien hecho y resistente. Pero mientras lo hacía le
explicaba a su compañero que no debía amarrarla del cuello
porque era un perro muy sensible, que había que sujetarla de la
panza para no lastimarla. De alguna manera consolaba al más joven
quien si quería quedarse con ella, pero le explicaba que una perrita
de esas dimensiones necesitaba mucha comida y ellos no iban a poder alimentarla.
Así que si nos la entregaban, ella iba a tener una mejor vida.
Al momento de despedirnos me encargaron mucho que la cuidáramos
y la tratáramos bien. -Es un animalito-. Afirmaba con ternura una
y otra vez.
Con Blanquita arriba de la camioneta y bien sujeta, pensé que el
rescate había terminado, pero me equivoqué. Yo me fui con
ella en la caja de la Pick Up mientras mi papá manejaba, pero al
momento de arrancar y dar una vuelta en U muy cerrada, esta su servidora
patino de un extremo a otro de la camioneta y Blanquita salió literalmente
despedida por la borda, muy a pesar de mis grandes esfuerzos por conservarla
dentro.
Fueron segundos de terror, al ver a la que ya consideraba, mi niña,
parada justo en medio del eje vial y notar que mi papá no se había
percatado de que en el viraje perdió una pasajera.
Fueron sólo unos cuántos metros los que se siguió,
porque escucho los alaridos que yo pegaba desde atrás. Gracias
a Dios, Blanquita fue muy lista y se volvió a subir al camelloncito,
pero como ya traía puesto la venda-peto, y además nos habíamos
presentado, fue muy fácil agarrarla esta vez.
Solo que para evitar riesgos, mi papá (quien a sus 70 años
goza de una fuerza y agilidad sorprendentes) se fue atrás con ella
para agarrarla, decisión muy acertada por cierto, por que a él
no se le cayo.
La llevamos a mi casa, le di de comer y de beber, la apapache un rato
y una vez que se sintió a gusto se durmió plácidamente
con la certeza de que esta vez nadie la iba a correr o a patear.
¡Ah, Que bien nos sentimos las dos!. Ella porque ya no tenía
ni hambre ni incertidumbre y yo, por la satisfacción que da el
haber cumplido con lo que dicta mi instinto.
Seguramente muchas personas pensarán que el rescatar a un perrito
no es nada, que hay millones de ellos allá afuera abandonados a
su suerte.
Yo pienso diferente, creo que en efecto hoy hay millones de perros abandonados,
menos una, ya Blanquita vive en una hermosa casa y no va a tener descendencia.
Así que al rescatarla a ella, salve también a decenas de
cachorritos que el único futuro que les esperaba era el del dolor,
el hambre y el abandono.
Esa noche dormí de maravilla, muy a pesar de los moretones, rasguños
y las 9 uñas rotas que tuve como resultado del esfuerzo que hice
por conservar a Blanquita dentro del vehículo. Para mí no
existe mayor satisfacción que librar de una larga agonía
a un ser vivo. No importa que salga yo con raspones en cuerpo y alma,
la alegría de verla roncando tranquilamente no tiene comparación.
Se que muchas veces nosotros los protectores nos sentimos que nadamos
contracorriente, pero no nos desesperemos, continuemos rescatando, alimentando,
esterilizando y sobre todo concientizando a los dueños de animales
de compañía.
Cuando tengan ganas de aventar la toalla, por favor, no lo hagan, piensen
en qué van a hacer tantos animalitos si alguno de nosotros se llega
a cansar.
Queridos amigos, recuerden que cada animal que rescaten, es uno menos
y de uno en uno, podemos hacer la diferencia.
Y para todos aquellos que no se cansan ni pierden la esperanza, mil gracias
desde el fondo de mi corazón.
Teresa
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